Por Alicia
Bravo Pizarro (Charly).
Eran aproximadamente la una y media de la madrugada
del lunes 11 de febrero.
El trabajo de un mes había terminado, y como celebración,
Javier invitó a Gabriela, la jefa; su esposo, Alejandro; la hija del matrimonio, la pequeña Martina, de 7 años y a mí, a comer
a Dominos Pizza (Av. San Martín 570, Viña del Mar).
Acabábamos de sentarnos en el interior del local,
después de esperar casi una hora fuera cuando recién llegó la Pizza
vegetariana, más otra que tenía choricillo, acompañadas por una Coca-Cola de 2.5 litros.
Recién estaba saboreando la pizza cuando una niña
un poco más grande que Martina le ofreció a Gabriela una flor a cambio de una cooperación. Ella se negó y siguió comiendo
su pizza mientras que mis acompañantes la ignoraban. Yo estaba boquiabierta. ¿Cómo podía estar sola una niña de igual edad
que Martina, vendiendo 3 ramitos de flores, casi a las 2 de la mañana?
Miré a Martina. Ella una niña mimada por la vida,
aún no se había dado cuenta de nada y me miraba con una alegría inocente.
- ¡¡Niña!!- la llamé, cuando al mismo
tiempo, una de las empleadas se acercó a la niña y le dijo que saliera del local.
- ¡¡Espere!!.
- No es la primera vez. Ya la dejé
entrar una vez y me retaron.
La niña ya iba a cruzar la
puerta. Me levanté y la alcancé. Llegué hasta la escalera del local.
La niña me miró con los ojos más tristes, que me ha
mirado un niño. Quería abrazarla, decirle que todo iba a estar bien. Pero no me sentí en ese derecho, en cambio sólo
me acerque y le pregunté cuanto costaba el ramo.
Junté lo que podía. Mil pesos.
Ahí me llegó la gran duda, cuando mi cerebro lucho
contra mi corazón. ¿Le compro todas las flores para que así vaya a su casa? O ¿Le compro sólo una para que así otra persona
le compre y lleve más plata a su hogar?
Opté por la segunda opción.
La niña se había ido.
Miraba por la ventana y a la flor tan delicadamente
arreglada y envuelta en una servilleta Tissue, que Martina acariciaba. Me odié a mi misma, y debí optar por la primera opción
y sacarla esa noche de la calle. ¿pero que iba a lograr?
Si al siguiente día, y
todas las otras madrugadas la niña iba a seguir en la calle expuesta a cualquier
desgraciado con malas intenciones.
En ese momento algo en Martina despertó. Me preguntó
después:
- ¿Esa niña tendrá una familia?
Le conteste con sinceridad, pensando en sus 7 años.
- No lo sé, princesa. Espero que
si.
Y seguí mirando la ventana, esperando volverla a ver,
aunque también deseaba que se fuera a casa a dormir, para así jugar mañana.